Hoy ha salido el tema del aburrimiento y de la falta de motivación. Dos estados recurrentes en el ser humano pero que en dosis masivas suelen ser la principal causa de un estado depresivo profundo del que no puedes salir. Y es que es así. La falta de motivación, de objetivos, en definitiva, de alcanzar una meta, hace que tu vida se reduzca a un aburrimiento constante. Y el aburrimiento, bajo mi entender, es el principio de todos los males. El no saber qué hacer durante un gran número de horas al día puede desembocar en diferentes cosas: beber, fumar, drogarte de forma excesiva o centrar toda tu atención en cualquier cosa que crees, en tu mente un tanto trastocada por la desavenencia, que puede sacarte del agujero (veáse idealizaciones de personas sentimentalmente hablando). Conozco esta sensación, la he desarrollado en los ya ancestrales veranos en los que mi espíritu histérico me impulsaba a aprobar todo en junio (lejos del resto de los mortales) y mis largos y dilatados veranos se centraban en no hacer nada. A pesar de todo, siempre he conseguido que la desidia no me arrastre a la deriva porque, a pesar de mi inestabilidad emocional y racional, yo quería ser periodista y las drogas en exceso, el alcohol o la obsesión por otro ser humano, no te deja aprobar los exámenes…
Ahora bien, ¿cómo no sucumbir a la facilidad del “sin vivir” cuando, realmente, uno de los objetivos más difíciles es saber cuál es nuestro objetivo? La maraña de posibilidades te puede llegar a volver loco, y es el que el ser humano, libre, liberado, con un futuro por delante y con menos de dos dedos de frente es incapaz de decidir algo tan simple como un camino o un destino (a elección del cliente).
No digo que yo sea un ser superior, porque otra cosa no, pero creo que a indecisiones no me gana nadie, pero tener las cosas claras, al menos, en un ámbito de tu vida puede hacer que las cosas mejoren muchísimo.
Ahora que es verano, parece que es la época perfecta para cambiar: unos deciden volver a casa, otros coger un avión, otros cambiar su modo de vida, y algunos simplemente ven este momento como la oportunidad para desconectar. El objetivo es septiembre. Como todavía somos jóvenes seguimos pensando en aquel “septiembre” que es cuando parece que todo empieza a rodar (es el inicio del curso escolar). En este verano he visto como gente de mi alrededor ha tomado decisiones importantes, algunas/os tal vez un tanto precipitadas y muy cuestionables, pero al fin y al cabo decisiones.
Estamos en una época difícil, estamos en el limbo. No somos ni demasiado jóvenes (ya no somos adolescentes), ni demasiado adultos (todavía no nos parecemos a papi y mami), pero lo cierto es que nos entran las ganas de definir las cosas, de tomar un camino, de labrar un pequeño futuro.
A día de hoy he tragado, y no con buen sabor de boca, tres despedidas. A los que se han marchado de forma premedita y necesaria, nos vemos a la vuelta, a los que lo han hecho visceralmente y siguiendo la irracionalidad, buena suerte, y aquellos que lo han decidido improvisadamente y con formas…”poco ortodoxas” ojalá esta sea la manera.
Al fin y al cabo lo que nos unió es lo que nos queda, y eso siempre será más fuerte. Porque podemos irnos a 4.000 kilómetros (lo digo por experiencia), pero hay cosas de las que, simplemente, no puedes huir, sólo te queda enfrentarte a ellas.